La tercera vía


 

Recorro el mundo como el faquir anda sobre su alfombra de cristales rotos, pisando con firmeza y olvidando el dolor. Viajo en torno a bosques en los que se extravían los exploradores avezados y en ellos encuentro restos suspensos en las ramas como huellas desgajadas de primeros visitantes que nunca salieron con el mismo cuerpo con el que se aventuraron. Vivo escuchando en mis oídos el continuo run-run de cánticos enamorados a la luna de trobadores que no han decidido todavía si son sirenas o lobos esteparios, que no perciben que podrían ser cualquiera porque ambos nacen de la soledad en la que se lamentan.

Vivo como un Willem van der Decken cualquiera, enarbolando en mi pendón, viejos pactos signados en el infierno que me condenan a navegar en navíos que acumulan en sus bodegas a las almas en pena. Y en mi vagabundeo, dirijo timón, velas y remos hacia crudos inviernos, con tormentosos fríos, dónde nievan los relatos de angustiados viajeros que se acumulan sobre el suelo en abundante capa de nieve formada por copos, que son historias, tan distintos como iguales, tan individuales como indiferenciados.

Aprendí que en los periplos sólo cabían dos destinos: Quién decide sacar sólo billete de ida y arriesga vida, fortuna y hacienda a que lo mejor sólo puede habitar al otro lado del mar (muchos acertaron y otros tantos quedaron en un infierno aún mayor) y quién comprendió que había que guardar fuerzas para la vuelta, para la precaución de una mala elección a la que dar la vuelta (posiblemente llegaron menos lejos, pero tuvieron la posibilidad de elegir).

El tercer destino quizá consiste en ser Capitán del navío que sostiene tanto viaje. Ser pagado en lugar de pagar por hacer la travesía. Y pasearse entre los pasajeros, escuchando sus historias, con mirada abstraída y mente atenta. Y poder estar allí, y aquí, sin embarcar la vida, sin hacer apuesta, sin poner el resto en cada aventura.
Quizá porque haya que entender que en las inversiones de riesgo sólo hay que poner el dinero que te sobra,(igual en las migraciones del corazón). Quizá haya que saber que no hay que aprender a volar saltando desde el abismo, que no hay que calentarse en las llamas del infierno y que es más feliz el conductor del autobús que viaja a todos los destinos y que luego vuelve a casa donde le espera una vida real que disfrutar.

Senior man enjoying a train travel - leaving his car at home, he
Senior man enjoying a train travel – leaving his car at home, he savours the time spent travelling, looks out of the window, has time to admire the landscape passing by

Autor: Kurt Spìnozza

un caminante a la búsqueda de caminos en los que encontrarse

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